Pon la canción de Serrat: “todos los piratas tienen…”
Y llegarás a la� idea de que uno se hace pirata cuando le han roto el corazón, si eso no ha ocurrido te quedas en guardia o en marino mercante.
Todos los piratas tienen en común que miran mal, beben mucho, hablan poco, se pelean, caminan con cierta cojera, tienen tendencia a llevar un loro sobre el hombro, se llevan mal con los tiburones y comen cualquier cosa en la cubierta del barco. Y, siempre, siempre, están dispuestos a entrar en combate.
Pero son libres aunque acaben en el fondo del mar porque no tienen teléfono móvil, ni hipoteca, ni tienen que hacer la cama o lavarse los dientes. Por eso duran poco y mueren en extrañas circunstancias. Por eso les tenemos cierta admiración y, si pudiéramos, nos daríamos una vuelta por esos garitos donde beben ron a morro, quizá para jugar a las cartas y verles sonreir con esa boca a la que le faltan casi todos los dientes.
La culpa la tiene el mar que vuelve tarumba a quienes lo trabajan. Del mar sólo puedes salir sirena o pirata.
Compartir: